La letra de cambio

En tiempos pasados bastaba la palabra para cerrar un negocio. Nuestros padres se formaron bajo esa cultura. Don fulano es una escritura -decían-, para exaltar la honradez, la responsabilidad y la seriedad a la hora de asumir un compromiso.

Así compraban y vendían tierras, ganados, cosechas e inmuebles. Con el paso de los años hombres y mujeres, gozaban de mayor respetabilidad social en cuanto su palabra era un símbolo de estricto cumplimiento.

Obviamente esos tiempos han cambiado y de qué manera. Si usted requiere hoy tramitar un préstamo en el banco, debe adjuntar hasta la fe de bautismo. Si va a arrendar un inmueble, necesita mínimo dos fiadores con propiedad raíz, certificado de libertad y tradición, estados financieros actualizados, fotocopia de la declaración de renta, certificado de cámara de comercio, fotocopia de la cédula y constancia autenticada que demuestre el buen estado de salud de su abuelita.

Aún con esta serie incontable de requisitos, mal que bien la sociedad se ajusta a ellos. Lo que resulta aberrante es que en la política el concepto de liderazgo, desde el cual se establecían acuerdos programáticos y se cumplían principios de partido, haya cedido el espacio hasta la más ruin de todas las negociaciones, la letra de cambio.

Así de claro. En la contienda política que acaba de concluir, supe de un politiquero, experto en intrigas y bajezas, dicharachero hasta decir no más, que pretendía ofrecer su menguado respaldo a partir de la exigencia de que el precandidato le firmara una letra de cambio en blanco.

Es que yo necesito tener la certeza de que si usted gana me debe cumplir con los puestos y contratos que le voy a pedir -dijo el voraz interlocutor-. De otro modo, haré efectiva la letra de cambio.

Todavía sin sonrojarse el hábil negociador, le presentó al asustado precandidato su rosario de peticiones. Cuatro secretarías, dos institutos descentralizados y contratos de obra para mis amigos por dos mil millones al año. Es que con los votos que yo tengo -recalcó el politiquero de marras-, usted asegura el triunfo. Usted sabe que conmigo va a la fija. Además ya tengo lista la plata para el engrase en los barrios, para los refrigerios y para el transporte el día de elecciones.

Y siguió hablando, ya con la letra de cambio en la mano. Usted sabe que mi maquinaria no la tiene ni el ministerio de transporte. Esa disciplinada fuerza de jóvenes promotores, de líderes y de empleados públicos que trabajan para mi desde distintas entidades, son capaces de convencer hasta el más renegado de los abstencionistas.
Échele la firma a la letra de cambio -dijo-, que esta no es más que una garantía. Usted sabe que yo tengo palabra para los negocios. Y yo también sé que usted me va a cumplir. Sólo que no me puedo arriesgar. En el pasado, varios gobernadores y alcaldes me incumplieron y dejé de hacer otros negocios por la plata que perdí.

Ya en ese momento el precandidato estaba pálido del miedo. Con la prudencia del sabio, le dio las gracias al microempresario electoral -que tiene por oficio en la villa comercializar votos que consigue fiados en los barrios pobres- y lo instó para que lo apoyara en futuras contiendas.

Le dejó en claro que no podía firmar porque a más de estar ya endeudado con un préstamo gota a gota, había adquirido con otros comerciantes de votos, el compromiso de darles una buena tajada del ponqué burocrático. Sólo que ellos no le exigían que firmara una letra de cambio.

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