Por terrenos de la doble moral

Ahora que estamos en pleno debate electoral y que las encuestas marcan la tendencia política de los colombianos, es bien particular observar que quienes otrora ocupaban sonrientes la primera fila en los ochenta y siete consejos comunitarios que hizo el presidente Uribe en el Tolima, se deslizan ahora sigilosos hacia otras campañas políticas y ya poco se acuerdan de las mil promesas que escucharon de labios del redentor: la solución definitiva a los problemas de los arroceros, de los cerealeros, de los maiceros, de los cafeteros, de los algodoneros; el triángulo del Tolima, la doble calzada, el túnel, el apoyo a los microempresarios, etc., etc. Otro gobierno más de lo mismo y hubiéramos quedado listos para ensamblar aviones.

Podría definirse esta particular situación como un comportamiento anormal. Acompañar un día una causa, un estilo, una política, comulgar con ella y al día siguiente ignorarla; tener la certeza de que es mejor estar cerca del poder que alejado de él no importa si se comparten o no principios; negociar un día el alma con el diablo y al otro día ponerse el ropaje para repartir bendiciones; y desconocer principios que protegen el respeto al ser humano y a la naturaleza, para apoyar otros abiertamente contrarios al bien común, no es más que caminar por ese terreno fangoso de la doble moral.

No queremos proponer una discusión religiosa y menos filosófica sobre un tema tan resbaloso. Más bien aspiramos a una reflexión sobre lo que significa la doble moral en nuestra sociedad. No es raro que algunos gobernantes locales pregonen a los cuatro vientos el ejercicio del bien común y la defensa de lo público como parte de su gestión y en el día a día trabajen para dar rienda suelta a sus ambiciones personales, a la defensa de sus intereses particulares y al ensanchamiento desmedido de su ego, como en la historia del emperador que se creyó inmortal. De licitaciones amañadas, de actos arbitrarios, de asignación a dedo de contratos (evalúese con cuidado lo que podría estar pasando en el Ibal), de obras que no cumplen los parámetros mínimos exigidos (miremos la “mega obra” de la calle 10) y de coimas por favores recibidos, está empedrado el camino del sector oficial del Tolima.

Es tan pobre y tan escaso el liderazgo político de la región que el resultado salta a la vista de cualquier parroquiano.

Y qué no decir de los demás sectores con incidencia en las decisiones locales. Rectores de universidades administrando pequeños resultados que la sociedad ni siquiera conoce; gremios que presentan informes de gestión a la opinión pública como si realmente estuvieran haciendo una gran labor por sus agremiados. En fin, en distintos escenarios lo que vemos a diario es una larga cadena de condecoraciones inmerecidas para ganar aplausos (como la que entregó Fenalco a una multinacional minera dizque por responsabilidad social), la reiterada presencia de figuras del orden nacional proponiendo modelos de desarrollo ajenos a nuestra realidad y una interminable lista de almuerzos improductivos para tratar temas de “interés regional”, marcan una forma de ser y un estilo de vida que ya hace parte de nuestra cultura y que contradice los principios mismos de esas instituciones. No es el interés de los afiliados, es una telaraña de egos mal administrados y de directivos a quienes reeligen una y otra vez ante su incapacidad personal de saltar a otros escenarios de la vida regional. De ahí saldrán derechito a tramitar sus pensiones y a disfrutar de los ingentes aportes que hicieron al Tolima.

No es raro por ello ver a unos y a otros actuar bajo ese filo de la doble moral. Imponiendo mentiras, defendiendo verdades a medias o guardando silencio ante hechos abiertamente contrarios al interés público. De seguro pensarán que mientras participen, así sea del ponqué que reparten otros, es mejor dormir tranquilos que levantarse preocupados a pensar cómo construir el futuro. Este es un tema que no hace parte de su agenda personal o del comité de junta directiva mensual.

Es más fácil alistarse para las próximas elecciones con el candidato ganador. Esperar la cita presidencial para entregar el viejo memorando, alistar el almuerzo y la reunión privada para hablar de los grandes proyectos del Tolima y tejer el momento para el inicio del oscuro cabildeo, marcan una forma de ser local que nos ha mantenido en el atraso, sin ningún peso político y ninguna presencia en el escenario nacional.

Ibagué, 18 de mayo de 2010

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