La crisis de la agricultura tradicional tiene al borde del colapso a miles de agricultores tolimenses, en un departamento donde el sector agropecuario constituye la base de la economía regional. Así lo han revelado varios informes especiales publicados por EL TIEMPO en el que los arroceros y los cerealeros, por plantear solo dos ejemplos, se enfrentan a una doble disyuntiva: seguir siendo competitivos en un mundo globalizado y resolver problemas de orden fitosanitario. A esto se suma el proceso de degradación de los suelos que llevará hacia la desertización de zonas enteras, la aplicación indiscriminada de agroquímicos contaminantes y la utilización de semillas transgénicas, cuyas consecuencias sobre la salud humana son aun desconocidas; se agrega a este panorama la creciente escasez del recurso agua, sobre el que habrá que tomar decisiones urgentes.La finca Gascoña
Cobra inusitada importancia el uso de las buenas prácticas que se generan como resultado de la implementación de la agricultura orgánica. A ver una experiencia exitosa en el corazón de la Meseta de Ibagué nos invitó el profesor Gonzalo Palomino. Ese día, en una práctica con veintidós estudiantes de biología, llegamos temprano a Gascoña. La meta era transplantar más de tres mil árboles de una especie comúnmente llamada “banco volador”, un árbol que se debería adoptar como otro de los símbolos regionales, ya que su madera se utiliza, entre múltiples usos, para hacer tamboras, ese instrumento que retumba cada año en las fiestas de la llanura tolimense.
Un árbol como símbolo musical
El proceso de siembra con este árbol hace parte de un programa en la finca para reforestar cuarenta hectáreas de zonas improductivas localizadas en áreas aledañas a las quebradas. Vimos demarcado lo que en cinco años será un bosque de dindes, diomates, caobas, samanes, mangos, mamoncillos, naranjos, guayabos, caimos, ocobos, gualandayes, cámbulos, cedros, totumos, cacaos, chicható, dividivi, bancos voladores, madroños y ceibas. En total diez mil árboles sembrados de 170 especies que convertirán este lugar en un banco genético, un verdadero templo a la biodiversidad. De esta experiencia ecológica saldrá la utilización de especies forrajeras para alimentar el ganado, lo que ayudará a la sostenibilidad de la finca.
Agricultura orgánica
Quien piense que el cultivo del arroz no se puede sembrar aplicando los conceptos de agricultura orgánica debe conocer lo que se hace en fincas similares. Cuando el mundo está reclamando productos empacados con sello verde, la alternativa de este tipo de agricultura gana cada vez más espacio con excelentes retribuciones económicas. En esta experiencia supimos, por ejemplo, que el fríjol mungo se siembra como parte de una estrategia para obtener mejoramiento de suelos y abonos verdes.
En otro lote vimos un productivo cultivo de uvas rojas más frescas, más dulces y más limpias que las que compramos provenientes del país austral. Además, con sello verde. También se trabaja en la siembra para usos comerciales de la estevia, un endulzante natural con alta demanda en los mercados internacionales. Se está construyendo una planta de biofertilizantes o biofábrica, donde se multiplicarán bacterias para soportar el proceso orgánico.
¿Cómo se produce abono orgánico?
Una de las prácticas culturales que mayor beneficio puede reportar a cualquier finca es la producción de abono orgánico, para mejorar los suelos y obtener altos rendimientos en los cultivos. Con una pequeña asesoría un agricultor reserva un área para preparar el compost: gallinaza, pasto, azolla, microorganismos, tallos, hojarasca, carbón vegetal y biofertilizantes (manganeso, azufre, sulfatos, ácido bórico, cales y ceniza), hacen parte de una mezcla biológica ideal para recuperar suelos sometidos a procesos intensivos de agricultura química.
ALUNA, una juventud comprometida
Angélica Portilla y Norma Duarte, son las creadoras de Aluna, una organización que reúne estudiantes de biología y de carreras afines de la universidad del Tolima. En Kogi, Aluna significa tierra. Lo que pretenden es formarse para cuidar, proteger, querer y recuperar la tierra. De las manos de su maestro, prácticas como la que tuvieron en la finca de la meseta de Ibagué, les servirá para aplicar conocimientos que incluso les cambiará su vida.
Una cultura diferente
De esta experiencia, Gascoña deja varias enseñanzas: la agricultura orgánica no es como soplar y hacer botellas, es un cambio de cultura que requiere un doble esfuerzo; requiere tiempo para cambiar viejas prácticas, para hacer reconversión agrícola; el tamaño de la finca no importa, lo realmente valioso es tener conciencia que no se puede seguir destruyendo el suelo. Y aplicar este principio: “Uno debe dejar las cosas mejor de lo que las encontró”. Lo hecho en esta finca con tesón durante ocho años constituye la expresión más clara de que todo puede cambiar. Como dijo uno de sus dueños: “Hoy tengo la certeza de que la agricultura orgánica funciona”.
Ibagué, 23 de julio de 2010
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