El día que cortó la soga

En septiembre Carmen Elisa Grisales cumple 50 años. Y los quiere celebrar, como dicen los muchachos, con todos los fierros. Una buena parranda hasta el amanecer que le recuerde las mejores épocas de su juventud.

Tiene además una razón poderosa para hacerlo. Después de veinticinco años de trabajo como empleada en una fábrica de alimentos, una mañana de mayo decidió que no agotaría más sus energías en una empresa que le estaba consumiendo su corazón. Y presentó renuncia.

Su radical decisión me tomó por sorpresa. La conozco desde que estudiaba en la universidad en Bogotá y recuerdo de su afán por graduarse para encontrar un empleo. Esa era su meta. Así conseguiría sostenerse en la capital y abrirse camino en la vida.

Todos los días se levantaba temprano a leer una y otra vez los avisos clasificados del periódico. Luego de noventa desesperados días se enganchó con una multinacional.

Con el empleo mejoró su vida. Al cabo de los años, en la misma empresa se enamoró y se casó. En ese periplo de trabajo recorrió el país organizando foros y eventos para promocionar los productos de la empresa. Incluso se ganó el derecho y viajó por Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, Chile, Argentina y Venezuela. Y en una ocasión participó como juez internacional.

Si uno mira hacia atrás –me dijo un día-, uno se da cuenta que puede hacer muchas cosas. Para eso le pagan, continuó diciendo. El problema está -aseveró- en que los años pasan, las angustias del empleo crecen, las empresas aprietan hasta el hígado a sus empleados, hasta secarlos, hasta literalmente acabarlos, hasta arrodillarlos y cuando ya los ve agotados, los cambia de la noche al día, porque el modelo de producción opera de esa manera.

Por eso -agregó- tomé la decisión mucho antes de que me subieran al patíbulo, de cortar la soga que ahorcaría mi cuello. Claro, no vaya a pensar -me dijo- que no me preparé para ello. La meta era que antes de que cumpliera los cincuenta años, debería haber concretado un proyecto para crear su propia empresa. Así comenzó hace tres años en su casa a hacer chocolates.

¿Chocolates?, y me respondió con absoluta convicción -sí, chocolates-, son los mejores, y desgranó su portafolio: a base de manteca de cacao preparo más de veinte sabores, hago truffas, que son bolitas de chocolate con trozos de naranja, ciruelas pasas rellenas de pasta de avellana, granitos de café y naranja confitada, todos cubiertos con chocolate.

Fui a ver si era cierto y salí emocionado de su naciente empresa. Por fin se había lanzado a navegar en las inciertas aguas del futuro construido con su propio talento. Ya siente que respira un aire que le pertenece. Tiene una inmensa fe en sí misma.

Ese día me acordé del poeta... “los bueyes bajan la frente, los leones la levantan...”. Como no quería sentir más ahogo levantó la frente para mirar adelante, para redescubrir un conocimiento invaluable, para aprovechar la vocación innata de cambio y para entender que la vida es algo más que conseguir y sostener un empleo.

Por eso admiro al que lucha. Al que no se doblega. A quien con el paso de los años va moldeando su carácter. A quien carga en su maleta de viaje la certeza del éxito. Esta mujer va a triunfar, lo ví en sus ojos. Después... vendrán sus hijos.

Aún si alguien tuviera que esperar cincuenta años para decidir qué hacer con su independencia, creo que valdría la pena. Es en la tormenta, en la angustia interior y en el miedo donde es posible encontrar la salida del túnel. Es claro que el corazón de quien se atreve se engrandece. Desde la derrota también se construye el triunfo y desde el error se levanta la plataforma para el logro de otras conquistas.
Ibagué, Julio 17 de 2007

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