Siento un profundo respeto por los tolimenses. Buena parte de mi formación la he recibido aquí. Las más excelsas virtudes que puede alcanzar un ser humano las he conocido en hombres y mujeres del Tolima. La capacidad de emprendimiento y de lucha las he visto florecer en esta tierra. También el espíritu de superación, la vocación y el amor al trabajo.
No me exime este respeto de hacer referencia a un mal que nos agobia y al que permanentemente se hace alusión. Y se pone como ejemplo el caso de dos baldes, en uno hay cangrejos antioqueños y, en el otro, cangrejos tolimenses. En el primero, todos se ayudan y empujan a los otros para salir. En el segundo, cualquiera que intente salir es jalado para evitarle su abandono del balde.
La manifestación clara es que en el Tolima, de todos los males, la envidia es la peor. Es la que no deja que esta tierra progrese. Cualquier iniciativa laudable, cualquier esfuerzo que contribuya al bienestar y al desarrollo, recibe el sello de la estigmatización.
Miren más casos. Analicen lo que pasa en las reuniones cotidianas de la ciudad. Hay una permanente obstrucción a las buenas iniciativas, a la buena gestión. Si quien pretende hacer algo en el Tolima no representa los intereses del cartel de los envidiosos, es desautorizado, es motivo de burla, de agravio o perjuicio. Hasta historias se inventan. De alguna manera lo frenan. Como decían los abuelos, ni rajan ni prestan el hacha.
A mi me tocó escuchar hace poco el asombro que causaba el éxito de un empresario confeccionista de Ibagué. No puede ser –decía el envidioso y fracasado interlocutor- que a esa persona le vaya tan bien. No puede ser que esté vendiendo tanto, ¿a qué horas ha crecido y ha contratado tanto personal?
Lo que he oído –decía con amargoso acento- es que le está revolviendo, he oído decir que era muy amigo del socio, para mí –decía- lo que tiene es una lavandería y es un aventajado testaferro.
Ante el propósito malintencionado y envidioso de este comentario, le expresé que el conocimiento que tengo de ese empresario es que lleva más de quince años trabajando, sé que se levanta muy temprano y que sus jornadas diarias se pueden extender dieciseis horas, sé que es un líder, sé que ha asumido riesgos y los ha superado, sé que tiene un concepto de empresa distinto, porque sus empleados y sus familias son tenidos en cuenta como una unidad, sé que es caritativo y tengo la certeza de que posee una inteligencia excepcional.
Después de escuchar con cierta impaciencia esta persona, me quedó todavía más claro que la envidia sí es un mal en el Tolima. Florece en las mentes y en los corazones de personas que cargan consigo muchas frustraciones y fracasos. Quizás han estado más tiempo del necesario como empleados en puestos donde su única retribución espiritual es su salario, normalmente nunca proponen nada nuevo, les gusta ser gregarios y celestinas, verdaderas celestinas de otros. No conciben un proyecto de vida personal, independiente. En su interlocución grupal, pretenden siempre desautorizar al contrario e imponer su empobrecido criterio.
En estas condiciones, en este deplorable y envidioso ambiente local, dónde están las propuestas empresariales, dónde las políticas de largo plazo, dónde los políticos pensando con sentido social y dónde los gobernantes ayudando a trazar nuevos derroteros.
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