A raíz de la reciente invitación de un puñado de tolimenses radicados en el país Vasco, norte de España, para que el alcalde de Ibagué y representantes de la sociedad civil establecieran lazos de cooperación con el gobierno y los empresarios de una de las regiones más prósperas del mundo, se ha puesto otra vez en evidencia que los tolimenses somos más de lo que registran las cifras del censo.
Quizás la colonia mayor está en Bogotá. Se dice que son cerca de seiscientos mil coterráneos y que constituyen la segunda agrupación poblacional más grande del país. La supera la colonia boyacense. Pero igual, como en el país Vasco, donde hay unos quinientos tolimenses, sabemos de paisanos que viven en casi todas las ciudades de Estados Unidos, en Latinoamérica, en Europa, Australia, el medio y el lejano oriente. Es una verdadera diáspora diseminada por el mundo.
He escuchado testimonios de familiares y amigos que decidieron emigrar porque aquí no encontraron un horizonte a dónde ir. Un sueño qué cumplir. Un trabajo qué desempeñar. Una empresa qué fundar. Un apoyo qué recibir. Y Se fueron en busca de otro sol, porque se sintieron perseguidos y amenazados.
Hay una certeza. Un profundo sentimiento de amor, también de nostalgia, invade a los miles de tolimenses que se han ido. Porque en su geografía corporal está plasmado el color de la montaña y la llanura, y porque en su corazón hay un sentimiento, un hilo espiritual que lo une a su tierra. Por eso, expreso mi admiración y mi respeto por ese puñado de tolimenses radicados en el país Vasco, porque nos han dado ejemplo de hidalguía, de desprendimiento, y no han vacilado en continuar adelante con su Asociación Colombia Euskadi, para tender lazos de cooperación que de seguro nos ayudarán a trasegar por una nueva senda de progreso.
El día que haya una política pública de acercamiento real y efectivo hacia los emigrantes tolimenses, el día que sepamos realmente cuántos somos y dónde están todos los que se han ido, tendremos una noción más clara de sociedad regional. Habremos entendido que el concepto de identidad se aplica para expresar un sentimiento individual y para unirlo a un propósito colectivo. Esto podría desencadenar una sinergia nunca antes vista. Y la dinámica de inversión en proyectos competitivos y la transferencia de dinero hacia la región, unida a la posibilidad de consecución de recursos de cooperación para mejorar sectores tan vulnerables como la educación, la salud y los servicios básicos, ayudarían a que el Tolima se sacuda como bien lo señala Alberto Bejarano “del atraso, la exclusión, la pobreza y la inequidad que van ocupando cada día mayor espacio en nuestra cotidianidad”.
Supe de una tolimense que vive en España y que hace poco estuvo en Ibagué. Traía euros que había ahorrado por su trabajo. La verdad, como no tenía en qué invertirlos, decidió comprar un carro nuevo y dejarlo guardado en el garaje de la casa de sus padres. Y supe de otro tolimense que ocupa un altísimo cargo en Bogotá, quien le expresó a un amigo su sueño de ser alcalde de Ibagué para servir a su ciudad. ¿Quién inicia esta tarea?
Ibagué, 13 de febrero de 2008
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