En la represa de Hoover Dam, ubicada a treinta millas de Las Vegas, en Estados Unidos, hay una placa que rinde homenaje a los hombres que durante el proceso de construcción de esta maravilla de la ingeniería, entregaron su vida para ver cumplido el sueño de que floreciera el desierto.
Así es. Estar parado frente a la represa, considerada una obra descomunal, significó para Evar, Inés, Pablo, Adriana, Yenny y Juan Manuel, el testimonio incuestionable de la férrea voluntad de un pueblo que ha hecho de esa unión de estados, una nación poderosa, capaz de modificar las condiciones naturales más adversas y levantar un emporio de riqueza pocas veces visto en algún otro lugar del planeta.
La ciudad, replica en su arquitectura símbolos como la torre Eiffel de Paris, edificios emblemáticos como el Empire State de Nueva York, la Venecia con sus canales y sus góndolas, el Palacio de los Césares de la eterna Roma o una de las míticas pirámides de Egipto. También llamada la “ciudad del pecado”, circula en las calles una exagerada oferta de shows y striptease, en pequeñas láminas de mujeres desnudas que cobran cuarenta y cinco dólares por hacerlo soñar a usted en quince minutos. Si quiere más tiempo, pague más. Yo nunca había visto tantos casinos ubicados en los lobbies de los hoteles, a donde llegan miles de turistas a meterse en una cápsula donde no existe el día ni la noche sino el eterno presente. La máquina que alumbra el premio de dos millones de dólares, es una tentación difícil de contener.
A seis horas y media por una autopista excelente, casi en la frontera con México, está San Diego, una ciudad más tranquila. A un lado del puerto, un portaviones de la segunda guerra convertido en museo, generosas zonas verdes y el zoológico más bello del mundo. Muy cerca está Los Angeles, una verdadera metrópoli, a donde confluye el altísimo tráfico comercial del lejano oriente. Con muchos lugares para visitar: Disneylandia, Hollywood y Beverly Hills, las estrellas de la corona capitalista.
Luego fuimos al Cañón del Colorado, una maravilla de la naturaleza que tardó en formarse la bobadita de mil ochocientos cuarenta millones de años. Una nevada en el Cañón y en Williams, su pueblo más cercano, cerró el ciclo de un viaje con claras enseñanzas.
Una nación donde la norma es ley para cumplir. Su poderío es evidente. Su infraestructura, propia del país más rico de la tierra. Su organización social, bajo patrones establecidos, de los que nadie puede salirse. En inmigración siempre nos fue bien, porque este parece ser un fantasma que persigue a los colombianos. Otro cuento es su política y su influencia imperial en el mundo.
Por el proyecto empresarial que hemos puesto en marcha en nuestra tierra, estuvimos con Paulo mirando con lupa, el tema de la moda casual, cómo es que circula desde los grandes centros comerciales y de dónde se nutre esa oferta infinita de productos que mueve la economía del mundo. Descubrimos la fuente a donde algunas marcas colombianas van a traer y a copiar diseños y tendencias para sus colecciones. Un reto más para intentar lo imposible, cabalgar hacia el norte.
Ibagué, 18 de enero de 2008
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