La coima

Hubo en estas escarpadas tierras un natural mestizo, Baraundo de Jesús Regueros, con título nobiliario comprado en uno de los mercadillos de Madrid, de claro porte campechano, desparpajado en el habla, enemigo de los discursos a cielo abierto, amigo del general Tomás Cipriano de Mosquera, partícipe en la creación del Estado Soberano del Tolima, compañero de infancia de Crisos, pero con menos dinero que éste pues se había convertido con la plata de su mujer en un potentado de la Villa, terco como una mula y con un solo objetivo en su vida: hacerse a cualquier precio a la gobernación del Estado Soberano.

Como las actividades de la hacienda de su padre, ocupaban un tiempo parcial, decidió en el restante dedicarse a conocer sobre gobierno, hacienda pública, legislación y normatividad oficial, representación política, planes de gestión y relaciones con la naciente república. Aparte de Baraundo y de Crisos, muy pocos en la Villa sabían sobre estos complejos asuntos de gobernar. Así que aprovechándose de este conocimiento se postuló como Gobernador con el aval de su amigo Tomás, quien le ofreció el respaldo a cambio de inaugurar un esquema de gobierno que asegurara el progreso de sus provincias infestadas de pobreza, analfabetismo, luchas intestinas y carencia absoluta de oportunidades. Fue tan descomunal el dinero que comenzó a llegar de Santafé con destino a la apertura de carreteras y caminos veredales, construcción de escuelas y puestos de salud, acueductos y sistemas de alcantarillado, que Baraundo se vió envuelto de pronto en un frenesí de riqueza jamás soñado. Como había sido criado en medio de carencias, por momentos olvidaba que ese presupuesto era del estado, y que debía ser celoso guardián de este bien público. No obstante, empezó a pensar cómo tomar para sí una buena parte del botín, no iba a ser tan pendejo –pensaba- dejar pasar esta oportunidad única que le había dado la vida para resolver de una vez por todas sus angustias económicas. Además sabía que con los méritos de su inteligencia no podría llegar muy lejos.

Y una mañana radiante –dijo- manos a la obra. Llamó a contratistas cercanos a él, adjudicó directamente un sinnúmero de contratos, bajo la condición de que se cumpliera su objeto en el menor tiempo posible. Lo que dijo por la gaceta era que iba a mostrar realizaciones y a mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la Villa y de las provincias. Como ya por esta época, se habían empezado a montar controles para velar por el buen uso de los recursos públicos, Baraundo hábilmente buscó la manera de eludirlos, para garantizar que las coimas llegaran rápidamente a sus arcas personales. Cuentan los testigos que fue tal la desfachatez a la que llegó, que en reuniones frecuentes con sus contratistas, y con el interés de que se escuchara siempre en las oficinas contiguas la transparencia de sus actos, repetía a sus interlocutores en voz alta: -Cómo se les ocurre que yo voy a recibir una coima por ese contrato, ni más faltaba-; y mientras hablaba abría con su mano derecha el cajón de su escritorio y le hacía señas al contratista para que le guardara la plata sin hacer ningún ruido. Dicen los naturales que fue tal la cantidad de dinero que ganó como Gobernador que nunca más volvió a trabajar, y se le veía caminar tranquilo en la Villa por las noches.

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