En la conmovedora carta de Ingrid Betancourt hay una hermosa referencia a la grandeza de los pueblos. En ella afirma que “en Colombia todavía tenemos que pensar de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Yo aspiro a que algún día tengamos esa sed de grandeza que hace surgir a los pueblos de la nada hacia el sol”. Si en este país, y particularmente en el Tolima, no la hemos alcanzado, ha sido justamente, a nuestro juicio, por la carencia de algunos factores de orden cultural.
Destaco, en primer lugar, una predominancia histórica hacia la tierra y hacia lo rural. En pleno siglo veintiuno hay en el Tolima dirigentes con una marcada mentalidad agropecuaria y feudal. De hecho, el departamento tuvo una fuerte influencia hispánica en la conformación de las grandes haciendas y después en el proceso de colonización antioqueña de la cordillera que dio forma a una sociedad concentrada en labores meramente rurales. Con cierto dejo de nostalgia, aludimos a la grandeza del pasado que dio lustre al Tolima en el concierto nacional. La última gran figura fue el maestro Darío Echandía. Y aunque en la actualidad algunos tolimenses brillan por sus méritos en las artes, y en las letras, especialmente, es baja su presencia y su influencia local.
En segundo lugar, el proceso migratorio de los años cincuenta del siglo pasado, ligado al fenómeno de violencia política, a las difíciles circunstancias de desarraigo campesino y a la barrera educativa que ha impedido oportunidades de formación en casi todos los campos, nos ha llevado a tener una sociedad muy poco competitiva, y dependiente de actividades informales. Sumado esto al escaso crecimiento industrial que reduce la oferta laboral y obliga a la población a concentrarse en el rebusque para asegurar su sobrevivencia.
Tercero, hay una afirmación de Alberto Bejarano en el sentido de que “si el progreso es obra de hombres y mujeres, el atraso lo es también”. Diría al respecto que en el Tolima no hay mentalidad ganadora. No es la falta de recursos, no es la geografía regional, es el alma colectiva. Es el individualismo, es la preeminencia por el interés particular y es la ausencia de solidaridad. Aquí impera la ley de la selva. No hay proyectos ni sueños que cumplir como sociedad. No hay directores de orquesta ni hay orquesta que proponga la ejecución de una misma armonía por largo tiempo en pos de resultados concretos y alentadores. Percibo en algunos empresarios cierta apatía para mirar de manera ambiciosa el futuro; percibo en el ambiente político la reiteración de las viejas mañas, la ausencia de un liderazgo capaz de encauzarnos por otros rumbos como sugiere la canción: “este es un nuevo día, para empezar de nuevo...”; percibo en los gobiernos departamental y local, la incapacidad de mover la sociedad en torno a grandes propósitos que perduren en el tiempo. La educación, por ejemplo, tan vital para el desarrollo, es apenas un sector que reduce sus políticas a problemas de cobertura, asistencialismo y nómina, pero no a hacer del maestro lo que debe ser: un líder bien capacitado, bien remunerado y trabajando en un ambiente propicio para influir positivamente en las mentes capaces de arroparse algún día con la bandera de la grandeza. ¿Cómo cumplir ese bello precepto de Ingrid de ir “...de la nada hacia el sol”?
Coletilla: Expreso, como miles de tolimenses, mi solidaridad con el Senador Luis Humberto Gómez Gallo. Guardo la esperanza que por el futuro del Tolima pueda salir airoso de este difícil momento. Su reconocido liderazgo es una antorcha que necesita esta región.
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