Ahora estoy otra vez, como desde hace mucho tiempo, frente a una página en blanco. Lo hice a menudo durante diecisiete años en un itinerario periodístico y literario que quedó escrito y que algunos lectores recuerdan.
Tengo de esa época los más gratos recuerdos. La serie incontable de crónicas con personajes anónimos como el poeta de la Vereda El Golupo de Rovira -donde estuve escuchando entre cafetos y naranjos la historia y la dimensión de un hombre que regresó de la muerte-, los viajes hasta los más lejanos rincones de la geografía tolimense, los encuentros y los foros con los líderes sociales de los municipios, las discusiones con intelectuales y expertos en torno al futuro, las noches y las mañanas todas juntas, y los días y los meses y los años todos juntos, soñando con la grandeza, con la utopía de ver algún día una región -en la que nacimos y en la que hemos vivido siempre-, transitando por senderos de progreso y desarrollo.
Creo que fueron los mejores años, justo al final del siglo XX. El proceso de una construcción colectiva, entrelazada, como el más fino tejido social, la alcancé a sentir en la imagen de cada rostro tolimense que compartió el reto de trabajar en un proceso concertado para levantar en la región otro renovado edificio solidario, equitativo y justo. La propuesta de un nuevo orden social y económico, reclamado a gritos, estuvo bien encaminado. Lo que se llamó el futuro posible, generó una dialéctica propia, de controversia, de retroalimentación endógena, incluso con algunos opositores. Sin embargo, la certeza era hacia la consolidación del futuro, hacia la renovación total.
Como se truncó el camino, la lucha no ha terminado y la obra está inconclusa. La realidad lo certifica: El hambre y la pobreza campea en miles de hogares tolimenses, el desempleo ronda en cada municipio, la inseguridad se multiplica y, lo más grave, no hay una visión clara y compartida de futuro.
Quienes con su pasividad y su silencio ayudaron a ahogar el sueño colectivo, a cambio en estos años no han propuesto nada nuevo. Siguen acomodados en las mismas juntas directivas, asistiendo a los mismos eventos, peleándose para que sus amigos ocupen los mismos puestos desde donde años más tarde saldrán pensionados, repartiéndose los presupuestos, convocando a los mismos foros y conferencias inútiles, “donde los que hablan no son de aquí”, en un círculo vicioso que hunde cada vez más al Tolima.
Es deplorable que desde las instancias de la política, de la dirigencia gremial, de las universidades y desde los espacios de decisión regional no haya habido un momento para iniciar la fractura de una historia que se repite de manera inexorable. Algunos dirán como el cantor, que “peco de atrevimiento”. A ellos les digo que desde el silencio voluntario de estos años, dedicado por completo a construir un proyecto de empresa que ojalá algún día le sirva de ejemplo a otros, no he escuchado y leido si no lo mismo.
Por estas y otras razones, acepté la invitación de Tolima 7 días de escribir, de vez en cuando, algunos comentarios sobre la realidad regional. Me anima el respeto y amor que siento por el Tolima. Me impulsa el deber de cada mañana liderando un trabajo que no es solo para mi. Se que nadie de los quieren ver esta tierra en un lugar digno, han renunciado a este propósito.
Abril de 2007
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