Esa mañana entendí -después de una monótona y aburrida reunión-, que el refranero popular guarda una dosis de sabiduría y conocimiento aplicable a los habitantes de estas montañas y llanuras.
Decir entonces que “el hombre es un lobo para el hombre”, es un dicho agudo que cae como anillo al dedo en el Tolima. Múltiples discusiones, análisis sociológicos, foros y eventos se han convocado para identificar qué carajo es lo que pasa en este departamento. Por qué será que aquí escasamente florecen de vez en cuándo los ocobos, chicalás, cámbulos y gualandayes, y no proyectos y empresas de alto impacto social y económico. Y hablo de alto impacto sobre la gente común y corriente, sobre los escalofriantes índices de desempleo, sobre un estilo gerencial público y privado casi en desuso en regiones avanzadas, sobre una manera particular y un tanto enfermiza de ejercer el liderazgo y sobre el modo como nos interrelacionamos.
El tema de hacia dónde vamos está inexorablemente ligado al pasado, a una historia regional de gamonales y hacendados, mercachifles y peones asalariados, inmigrantes y colonos. Todos construyeron un espacio y un particular estilo de hacer y deshacer. Unos llegaron primero a la repartición de las tierras, otros tuvieron que conquistar esos suelos con el hacha, otros huyeron de esa violencia que desangró al Tolima en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado y se asentaron en ciudades como Ibagué, y otros llegaron de tierras cercanas y distantes del país.
Por esta fusión de identidades, se evidencia que en los asuntos del liderazgo regional hay quienes pretenden ejercer el mismo dominio de finca ancestral en la que se formaron sus padres, abuelos y bisabuelos. No hay respeto a la tolerancia. No existen verdaderos espacios de concertación en torno a los intereses colectivos. Hay una lucha soterrada por el manejo de pequeños espacios de poder, en una intrincada telaraña de reyezuelos, caballos, alfiles y peones.
Sobre la gestión nacional no existe el cumplimiento sistemático de una agenda regional. Se aprecia un desfile monótono de la misma gente con “rodilleras desgastadas”, que prefieren acostarse con el poder, seguir el juego de las relaciones públicas y aceptar invitaciones a conferencias y entregas de placas. Los mismos que inician las injurias y calumnias contra personas de la misma tierra, que no comulgan o levantan el incensario (¿...) a quienes se consideran los paladines del progreso y los portaestandartes de la moral y la ética.
Acallar al contrario parece ser la intención de este lobo fiero que deambula por el Tolima. Una fiera que rompe, descuartiza, aniquila y traga entero. A estas mordeduras hay que sumarle envidias, influencias malsanas y encuentros privados –no para construir si no para destruir-, que nos han llevado a una rutina macondiana de mañanas y tardes enteras en las que apenas hay tiempo de hacer la cola para seguir bebiendo en la copa en donde se está ahogando el futuro del Tolima.
Entre laberintos y senderos, anuncios prometedores, músicas, sonidos y ruidos, vienen luego largos silencios. Es como si estuviera viendo una inacabable farsa de entretenimiento. Trajes floridos y círculos entretejidos envuelven las brillantes máscaras que proyectan la imagen de un final frío y sombrío.
Me niego a creer que esto siga sucediendo. Quienes sean capaces de propiciar el nuevo reencuentro, hallarán en el camino hombres y mujeres dispuestos. Así se logrará que los tolimenses dejemos de arar en el desierto.
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