Paris es una de las ciudades con mayor encanto del mundo, en un país que recibe al año ochenta millones de turistas. Considerada una de las cunas de las artes y las letras y con algo más de dos mil años de haber sido fundada, Paris navega impávida por el majestuoso Sena que la envuelve y mantiene la vitalidad de las ciudades que nunca envejecen. Ya René Descartes en 1648 en una carta a la princesa Elisabeth de Boheme exaltó el encanto de esta ciudad cuando dijo: “Estando como estoy, con un pie en un país y el otro, en el otro, encuentro mi condición muy alegre por lo libre que es”. Ya la alianza entre ciudad y creación la había registrado Baudelarie en “las flores del mal”: “el poeta es semejante al príncipe de las nubes, que frecuenta la tormenta y se ríe del arquero; exiliado en la tierra en medio de abucheos, sus alas de gigante impídenle andar”. Ya Bolívar había recorrido sus calles antes de la gesta libertadora. Ya Delacroix había exaltado en su pintura la embrujadora belleza de Josefina y a Napoleón atravesando en mula los alpes.
Desde la torre Eiffel se observa su dimensión histórica y parece más una ciudad inmortal. Después de doce años de dificultades en su construcción y de los opositores que crecen como la maleza en todas las épocas -decían que no estaban de acuerdo porque alteraba el paisaje-, Gustav Eiffel vio su torre terminada para la feria universal de 1900. Siete millones de turistas suben al año a la torre a extasiarse con la belleza. Desde esta maravilla empezar a caminar por Paris, qué ciudad, un día es nada en el museo de Louvre y la ansiedad de contemplar largo rato a la Monalisa, la obra perfecta de Leonardo Da Vinci. El museo sigue en construcción. Para el 2010 estará lista otra sala que rendirá homenaje a la cultura islámica. Aquí la sensibilidad hacia el arte alimenta el espíritu, lo reconforta, mejor que sumergirse en una fuente de aguas tranquilas.
El Arco del Triunfo nos recibió en una tarde fría que marcó el final del invierno y a partir de ahí los Campos Elíseos hasta la Plaza de la Concordia, donde uno de esos Luises, XV o XVI, mandaba a la guillotina a los enemigos de la monarquía. Adentro los jardines de Luxemburgo, los Boulevares de Saint Germain y Saint Michel, el barrio Latino y la exquisitez de la pita griega y una comida más de crepes en la isla de San Luis. Más allá la Plaza de la Bastilla y el levantamiento de la revolución francesa en 1789; la iglesia de Notre Dame, Montmartre, el palacio de Versalles, la magia del río Sena, la foto en la casa donde vivió Descartes, la Rue Mouffetard en el corazón de Paris, el ambiente nocturno, los restaurantes de comida tradicional francesa, el edificio de la Opera, la Alcaldía, la foto de Ingrid que nos entristece, Lafayette -la tienda por departamentos más lujosa del mundo-, el metro desocupado, el metro repleto y la gente corriendo enloquecida en una ciudad que se ve más amable, el vino que alarga las horas, la alegría de los días, la conciencia de sentirse libre, el poema a Juan Manuel que lo fui escribiendo por las calles y el tiempo para pensar cómo abordar el futuro. Paris, quince días son muy poco para conocerte.
Ibagué, 14 de marzo de 2008
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