La absurda violencia

Esa tarde llamé triste a Carlos Pardo Viña desde el Museo de Arte del Tolima. Estaba viendo la exposición de Fernando Botero sobre la violencia en Colombia. Le dije que sentía un dolor profundo porque había regresado a los recuerdos de mi infancia en Santa Elena, cuando aún sin terminar la violencia entre liberales y conservadores, en ese cruce absurdo de odios y venganzas, había muerto mi padre de la manera más horrenda: como lo hacían las hordas de “Sangrenegra” y “Desquite”, a machete limpio.

Se cometió con once comerciantes conservadores una de las peores masacres de que se tenga noticia en esa cordillera. Era el año de 1962. Cada semana, de las distintas veredas, traían uno o dos muertos para darles cristiana sepultura. Desde entonces asistí a muchos entierros, como parte de las actividades cotidianas del pueblo. Las historias de las muertes eran contadas por los campesinos. Hasta el más mínimo detalle. Que el muerto quedó en el camino varios días y los chulos le sacaron los ojos, que el señor murió amarrado con alambre de púas, que a la niña la violaron y luego la dejaron colgada de un árbol y que al otro señor le hicieron el “corte de franela”.

Este drama sin nombre bien lo dejó plasmado el pintor Fernando Botero en su obra. El entierro masivo, el cuerpo flotando en el río, el secuestro, la tortura, el dolor de la madre, la familia desplazada, la inocencia de los huérfanos. Odio la violencia por eso. Por su carga irracional y por su drama personal. Cuántas décadas viviendo lo mismo. Una historia diaria que se repite en El Salado y en Trujillo, en el sur del Tolima, y en Antioquia, y en Chocó.

Con esta cultura paramilitar que nos carcome, ya quisiéramos ver a Colombia convertida en un cementerio. Convencidos que así lograríamos la anhelada paz. Nos siguen vendiendo el cuento de la guerra, a costa del sufrimiento y del desplazamiento. Cuántas generaciones más tendrán que esperar para se detenga esta “fiesta de sangre”. Y todavía seguimos creyendo que la escalada de violencia termina en el próximo cuatrienio. Falso de toda falsedad.

Tomo cada vez mayor distancia de estos partidos políticos desgastados y corruptos de derecha y de izquierda. Me declaro un demócrata integral, sin ningún jefecillo a quien deba rendirle cuentas. Y quiero que nunca más me vuelvan a decir que porque soy amigo de Orlando, soy liberal, porque soy amigo de Alvaro, soy conservador, y porque soy amigo de Juan de la Cruz, soy del polo. Invoco más bien a una revolución del carácter para que nos liberemos de esas cadenas que coartan la libertad.

A estas alturas de mi vida, próximo a cumplir cincuenta años, expreso que soy amigo de la paz, no de la violencia. Los años que me quedan por vivir, quiero dedicarlos a trabajar duro, a vivir en familia y a compartir con mis amigos, consciente de la responsabilidad que tengo con mi pueblo. Yo también quiero morir, no con una bala en la frente, sino de viejo. Y no vacilará mi pluma para desenmascarar a esta dirigencia decadente y mediocre, anclada por décadas en el poder. He dicho.
Ibagué, 18 de septiembre de 2008

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