La audiencia pública convocada por el Ministerio del Medio Ambiente para el próximo 20 de febrero con el fin de determinar con expertos, autoridades ambientales y comunidad en general los impactos que generaría la extracción de más de 13 millones de onzas de oro, localizadas en la vereda La Colosa, municipio de Cajamarca, revive una discusión en torno a los métodos de explotación indiscriminada de los recursos naturales y a sus consecuencias.
Hace por lo menos quince años el Tolima se movilizó para frenar la instalación de una paladraga en Ataco. La participación colectiva evitó la contaminación y destrucción del río. La compañía Mineros no ha renunciado a sus pretensiones y sigue al acecho sobre el oro del Saldaña. Las consecuencias siguen siendo las mismas: daño ambiental irreversible en doscientas hectáreas y la movilización de más de 250 mil metros cúbicos de sedimentos al mes, lo que enterraría la operación de riego de Usosaldaña y pondría en graves aprietos la viabilidad del Triángulo del Tolima. Por razones ambientales, el oro de Ataco seguirá bajo la custodia de las aguas del Saldaña.
Ahora la historia de repite. Ya no es con una paladraga y con mercurio como se pretende en Ataco. Aquí el método es más sofisticado porque utiliza cianuro en la captura del oro, un químico letal para los seres humanos. Como es un tema de primer orden, es bueno saber qué valor tiene el oro de Cajamarca: Según se ha dicho, las reservas se estiman en trece millones de onzas (aunque puede haber más oro). En el mercado internacional el valor de una onza (31,1 gramos) es del orden de 900 dólares. Significa esto que el oro de Cajamarca cuesta la pendejadita de USD11.700 millones (léase bien: once mil setecientos millones de dólares).
Un informe de prensa dio cuenta que en cien años de operación, la multinacional Anglogold Ashanti, se encontró en Cajamarca su más maravilloso y mágico “depósito de oro” del mundo. Como es considerada “una de las siete minas de oro más grandes del planeta”, y como comprometería la extracción de recursos que están en nuestro subsuelo, y daños ambientales irreversibles, este tema, antes de estar haciéndole en el Tolima desde los gremios económicos y desde algunos entes gubernamentales venias y genuflexiones a los directivos de la multinacional, y de estar entregándole condecoraciones por méritos no ganados, debería servir para propiciar una discusión regional sobre cuál es el uso que se le va a dar a los recursos naturales.
Porque no nos digamos mentiras. Las regalías estimadas en 400 millones de dólares durante veinte años, “considerada una cifra astronómica para una comunidad de base rural”, constituye una vergüenza y una ofensa. Para darnos las migajas del pan nos quieren invitar a una fiesta de la que saldremos más pobres.
Próxima entrega: Oro y cianuro.
Ibagué, 5 de febrero de 2009
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