A la cabaña de Humberto Cañón llegan los montañistas a armar sus carpas al lado del termal. A cuatro mil metros de altura este campesino ambientalista vive solo en una casa humilde. Es de los pocos habitantes de esas soledades para quien el páramo es una reserva. Su filosofía es simple: cuida de los valles, de los frailejones, de los pantanos, de las fuentes de agua y de los “loritos cadilleros” que tienen sus nidos en una inmensa roca cerca de su cabaña porque eso es lo que le dicta su corazón. Con guardianes como Cañón justificó con Truman y Any un viaje de cuatro días y cuarenta y tres horas caminando para remontarse hasta donde nace la montaña sagrada del Tolima.
Pero el páramo no está aislado de la presión que se ejerce sobre el Parque de Los Nevados. Esa tarde María, una funcionaria de la Corporación Regional del Quindío; Milton, un empleado del Sistema de Parques Nacionales y “Garza”, un compañero de viaje, evaluaban un incendio que consumió cerca de quinientas hectáreas. Y pensar que después del primer año un frailejón (la base para conservar el agua de los páramos) crece apenas un centímetro por año. Y hay frailejones que parecen gigantes de dos metros. Por eso da rabia que inescrupulosos e ignorantes metan candela para “renovar” los pajonales que crecen en esos valles con el miserable propósito de alimentar unas cuantas vacas. Y nos entristecimos más cuando vimos áreas completas de pantanos quemados. Y supimos que el río Totare ya no es el mismo afluente torrentoso porque allá arriba, en su nacimiento, está herido de muerte.
Tal como lo han denunciado otros los parques nacionales no le duelen a nadie. Sí se alimenta de ellos una burocracia pública voraz con un Ministerio del Ambiente inepto y politizado. Y como son lugares alejados a la sociedad no le importa.
Como también debemos soñar, nos gustaría que en el Tolima las entidades responsables promovieran el conocimiento de nuestros páramos. Desde los grupos de montañistas que hay en las universidades se podría organizar una institución que llevara adolescentes de los colegios a conocer las montañas. Y que esa misma entidad velara por la conservación de equipos, carpas y toda la indumentaria requerida para esos viajes. Así aprenderían a amar y a respetar su tierra y su gente. ¿Qué tal un programa a diez años para que veinticinco mil jóvenes tolimenses pudieran ir al nevado del Tolima?
Ibagué, 11 de septiembre de 2009
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