Viaje a la montaña sagrada

Ese viernes 14 de agosto salimos con Truman y con Any a las siete de la mañana de Juntas rumbo a los Termales de Cañón. Bordeando la Quebrada Las Perlas, remontamos un camino pedregoso siguiendo las huellas de una microcuenca erosionada por la sobreexplotación ganadera, las prácticas agrícolas inadecuadas y la tala indiscriminada. Aun cuando el daño ambiental es evidente el ascenso nos envolvió en un bosque de niebla denso que fue dejando atrás eso que llamamos civilización.

A tres mil novecientos metros de altura, en el Alto de las Nieves, entramos a los últimos bosques y descendimos para atravesar las fincas ganaderas que limitan con el parque de Los Nevados. En el río San Romualdo un cardumen de truchas dio cuenta de la transparencia de esta fuente que baja de la montaña. Otra vez un ascenso duro por el boquerón de Mesetas hasta sumergirnos en los valles de frailejones. A las seis de la tarde llegamos a la rústica cabaña de Humberto Cañón a cuatro mil metros de altura. El termal y una noche estrellada aligeraron el cansancio.

El tranquilo amanecer mostró en su esplendor la montaña sagrada del Tolima. Casi podíamos tocarla. En una jornada de aclimatación de ocho horas, acercamos el equipo de ascenso. Truman trazó la ruta para el día siguiente. Subimos desde las tres de la mañana casi en línea recta hasta donde termina el bosque de frailejones. Una travesía entre arena y piedras nos llevó a los cuatro mil quinientos metros donde habíamos dejado el equipo.

De ahí en adelante con morrales, cuerdas, guantes e impermeables, entendimos que el nevado es un lugar de respeto y que como tal se requiere de una viva fuerza interior para abordarlo, para estar frente a él y conquistarlo. Por eso la razón espiritual de llegar a la cima se sobrepone al cansancio y cada paso se paga con oro de esfuerzo y sacrificio. Aquí es evidente la presencia de Dios al observar la montaña y al sentir el silencio y el frío del viento. Toma sentido hasta la mirada del águila en su vuelo solitario. Reencontramos nuestra razón de ser en el mundo. Es el momento de la comunión con la naturaleza para pensar lo pequeños que somos y cuán grande es nuestro orgullo y nuestra soberbia…Estamos en los cinco mil metros. Son las once de la mañana. Ya es tarde. Debemos regresar… La cima nos seguirá esperando.

Próxima entrega: El páramo de Cañón
Ibagué, 28 de agosto de 2009

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