La historia de Miguel Angel Vargas es la misma de miles de colombianos que decidieron irse al exterior. Por su militancia sindical tuvo que salir intempestivamente del país. Luego de veintiséis años de vivir en Paris, con una familia feliz y con un doctorado en sociología política, Miguel trabaja y lidera un proyecto denominado www.paisquerido.com con el que mantiene estrecha relación con su patria a través de las embajadas de Colombia en la Unión Europea. Desde allí se conecta con colombianos que van de vacaciones al viejo continente y comparte con ellos la historia, la gastronomía, el paisaje y en general, la cultura. Recientemente, acompañó al expresidente Belisario Betancur y a su esposa en un recorrido artístico por Alemania y Bélgica y a un grupo de periodistas de una cadena radial.
Su comienzo en Francia fue más que difícil y tortuoso. Solo, se enfrentó a la principal barrera: el idioma. La nostalgia de su patria casi lo consume. El olvido y la soledad como fantasmas persiguieron su corazón que, sin embargo, no dejó de latir. Con el tiempo una voluntad de acero lo llevó hasta las puertas de una de las mejores universidades del mundo. Desde allí abrió la senda para sus tres hijos.
Su espíritu libre ha hecho lo imposible. Como buen guerrero ha sido derrotado, ha fracasado, pero siempre se ha levantado. Pensando qué hacer decidió un día importar de Colombia ataúdes para enterrar muertos europeos. Contactó a un fabricante del Valle que los hizo aparentemente muy bonitos, tallados a mano, en puro cedro negro, fina madera. Llegó con diez muestras a una feria, ahí empezó la auditoría de los compradores, uno de ellos, noruego, detectó que las bisagras que sostenían las tapas eran muy pequeñas para aguantar el peso de la madera, además estaban atornilladas a diferente distancia y de abrirlas y cerrarlas se empezaron a desajustar, a chirriar y nadie se aguanta un ruido de esos, imagínense el problema para el muerto con una tapa mal hecha. El proyecto fracasó.
El otro intento de importación lo hizo con un productor de flores de la sabana de Bogotá. La idea era vender rosas con un tallo de un metro de largo, tarea nada fácil pues tenía además que competir con las flores de Holanda. Hizo los contactos con un comercializador francés a quien le interesó el producto y de inmediato le puso un pedido de cincuenta cajas. Después de sesenta largos días de espera por fin llegaron las rosas. Al momento de hacer el conteo del producto, el comprador se dio cuenta que solamente cinco cajas cumplieron las especificaciones acordadas (tallo de un metro de largo). Al hacer el reclamo el floricultor dijo que las había mandado porque allá en Francia entenderían que todas las rosas no pueden tener el tallo de un metro de largo, carajo, ni que la tierra estuviera toda abonada con urea o ceniza volcánica, además que estos suelos de la sabana son buenos pero no es para tanto, agregó el angustiado exportador colombiano.
La tercera historia fue con sillas para caballos. Bonitas, para qué. Después de varias gestiones nadie las aceptó porque eran pequeñas para el tamaño normal de los caballos europeos. Estuvo en un criadero de ponis y tampoco sirvieron porque estos animales son tan pequeños que la silla les llegaba casi hasta las orejas. Al final, Miguel renunció como importador y combinó turismo y cultura con la que le va bien.
Ibagué, 27 de marzo de 2008
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