El encantador de doncellas

Antes de que se constituyera el estado soberano del Tolima, hubo un pequeño rey, mitad indio mitad español, que ya sin ningún poder, se dedicó a encantar doncellas a las que invitaba a bañarse en las cristalinas aguas del río Chipalo.

Su influencia en el gran cabildo territorial era notoria. Gracias a su aparente sabiduría -ganada más por haberse desposado con una mujer de alcurnia que por sus propios méritos-, tenía asiento en las reuniones de los cabildos, en donde se decidía el futuro de las cosechas, la invasión a nuevos territorios, el trámite de cédulas reales ante la corona española para adjudicar terrenos baldíos y la aplicación de sanciones a los responsables de los resguardos por no cumplir fielmente la ley.

No obstante su menuda figura y su irregular manera de caminar, tenía eso sí una mirada tan penetrante y profunda, que delataba hasta el más humilde de los asistentes. Sentía en estos largos encuentros especial predilección por los asuntos de menor importancia de la comunidad. Incluso pasaba hasta bien entrada la noche escuchando a los encomenderos narrar historias de los jefes de otros reinos que abandonaban a sus esposas por irse a conquistar lavanderas a las riberas del río de la magdalena.

Por su ignorancia tan marcada, su evidente ceguera y su incapacidad para trazar en los cabildos orientaciones lúcidas, el pequeño rey se fue convirtiendo en una especie de emperador alienado. Sentado en su viejo sillón prestado, desarrolló la capacidad de ver en noches de luna llena cómo en el valle de las lanzas se derrumbaba el futuro y se perdía la riqueza de las provincias que le rendían tributo.

Con el paso del tiempo fue menor el compromiso de asistir a las reuniones territoriales, porque en ellas comenzó a reinar la anarquía. Una tropa de vividores que floreció a su alrededor, tomó las riendas de los asuntos públicos y privados. Pronto, los lugareños se olvidaron de él, de su diminuta figura, de su mirada penetrante y profunda y de los roncos gritos que lanzaba a sus súbditos para que cumplieran al pie de la letra las órdenes que él consideraba sabias.

Literalmente desocupado en su mansión y cansado de hojear, que no leer, los miles de libros que heredó de sus parientes españoles, y obnubilado por las historias de sus otrora encomenderos sobre las jóvenes lavanderas, decidió que no habría nada más gratificante para su altivo espíritu que convertirse en un encantador de doncellas.

No tendría que ir a buscarlas hasta las riberas del gran río, porque seguro las encontraría siempre dispuestas a atenderlo muy cerca de las cristalinas aguas del río Chipalo, donde él acostumbraba bañarse.

Avidas de escuchar las historias de sus viajes a lugares remotos y confiadas que el pequeño rey pronto les ayudaría a conseguir un empleo como secretarias en uno de los cabildos territoriales, las delicadas ninfas adornadas con flores de cámbulos y gualandayes, se deslizaban suavemente a sus pies.

Pronto en el nuevo reino empezaron a escasear las doncellas. Así que uno de sus más antiguos y leales bufones, recibió el encargo de ir por las veredas cercanas, a buscar delicadas jovencitas y convencerlas que al lugar que vendrían no sólo encontrarían leche y miel, sino además la figura amorosa de un rey dispuesto a satisfacer sus caprichos.

Uno de los encomenderos que conoció la historia, la regó como pólvora en las provincias vecinas. Ya los padres cuidaron mejor a sus doncellas, mientras el pequeño rey, en su viejo sillón prestado, se mecía monótonamente en sus recuerdos.

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