El vestido

Esa mañana la señora se levantó más temprano que de costumbre. Había sido invitada a una conferencia en el Círculo y debía apurar el despacho de sus hijos al colegio. El peluquero la esperaba. Quería un cepillado rápido. Aunque asiste esporádicamente a eventos sociales tampoco se complica. Como tiene ya una buena parte del mundo recorrido acompañando a su esposo en viajes de negocios y de vacaciones, no gasta mucho tiempo en el ropero decidiendo qué ponerse. Más bien se acomoda a los continuos cambios climáticos de la ciudad donde esté.

Hace poco residen en Ibagué. Literalmente se cansaron de vivir en Bogotá y decidieron escoger una ciudad intermedia. Su esposo es inversionista de una compañía que fomenta la investigación para el uso farmacéutico de plantas tropicales ubicadas en bosques de niebla. Provee material a laboratorios de Suiza, Alemania y Japón. Es común encontrarlos con jeans y botas para suelos pantanosos -con un selecto grupo de jóvenes profesionales- recorriendo los bosques del parque de los nevados. Les ha servido los adelantos que en esta materia ha realizado la universidad del Tolima. Así que en la ciudad son desconocidos y ellos disfrutan de su anonimato. Por esa costumbre religiosa que tengo de ir al cañón del Combeima, los conocí una tarde en Juntas tomando agua de panela caliente en el restaurante de ´Llamarada´.

Luego de hacer varias transferencias electrónicas a personal de sus oficinas localizadas en Tunja, Popayán, Bogotá, Quito y Lima, el conductor que maneja un carro de bajo perfil la llevó desde su casa para llegar a las diez en punto al Círculo. Una de las anfitrionas la recibió con amabilidad. Estaban en una conversación casual cuando la organizadora del evento se acercó para saber quién era esa señora desconocida. Mientras ella con su habitual decencia explicó que el motivo de su presencia no era otro que aceptar la invitación de una amiga del colegio donde estudian sus hijos, notó que la organizadora sin ninguna prudencia y en un acto de típica envidia provinciana empezó a mirar fijamente su vestido. En un aire de sorpresa se detuvo un momento en el cuello de la blusa que parecía lucir demasiado abierto, como si se tratara de una de esas prendas que rematan en agosto en la quemazón de precios de los almacenes populares de la catorce. Luego clavó su mirada en los botones y quedó aún más confundida porque notó que éstos estaban contramarcados y ella que sí sabe de promociones al costo, nunca había visto una blusa con tales especificaciones. Siguió bajando su mirada hasta el pantalón y su sorpresa fue mayor cuando se dio cuenta que éste no parecía planchado, pero tampoco se veía arrugado, así que sin ningún disimulo se acercó aún más para tener la certeza de que ese pantalón era de una tela ordinaria, porque no podía ser que una desconocida estuviera mejor vestida que ella como organizadora del evento. Casi sin dejar que la invitada mediara palabra, la organizadora siguió deslizando su asombro hasta el piso para detallar si los zapatos habían sido fabricados con la misma imitación cuero que ella normalmente compra aprovechando las promociones al costo.

Ya vencida, dio un giro brusco a su cuerpo y se adentró en el salón, sin darse cuenta que por el piso se arrastraban diez metros de una hebra de hilo que la estaba descosiendo. Lo que no supo es que el vestido de la invitada era de tela una inteligente antibacterial, elaborada con finas mezclas de nylon, viscosa y elastano. Y de los zapatos ni hablar, el más suave y fino cuero italiano.
Ibagué, 6 de noviembre de 2007

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