Corría el año mil ochocientos en las tierras que luego serían del Estado Soberano del Tolima. La campaña de exterminio Pijao era historia lejana. Un escaso reducto de Coyaimas y Natagaimas se había asentado de tiempo atrás en sus resguardos del sur. Por la gran llanura del Combeima cruzaba el camino real que venía desde el río de la Magdalena y remontaba las montañas buscando su comunicación por Tapias y Toche con el Quindío. Ibagué era un pequeño caserío que servía de descanso a los viajeros provenientes del sur que iban con rumbo a Santafe de Bogotá. Ya por cédulas reales la iglesia y los primeros terratenientes habían tomado regaladas de la Corona Española vastas extensiones de las mejores tierras con el fin de iniciar su explotación.
Por estas épocas cumplía su función el encomendero, súbdito del rey, que con el paso del tiempo convirtió su encomienda en un sistema de explotación y de trabajo forzado. El pago de tributos en especie o mediante la cesión de tierras, despertó la codicia de un lugareño mestizo nacido en la Villa de San Bonifacio de Ibagué que se había enrolado con un español y había llegado hasta los jardines de la misma corona española. Su nombre, Juan José Crisóstomo de los Santos, hombre de menuda estatura, de gordura crónica, escaso de inteligencia pero con título de doctor otorgado por una de las universidades de la península, amigo de su Majestad la Reina, a la que había conocido en una de sus múltiples visitas a los jardines reales y quien influyó en su nombramiento de encomendero, con un tic perpetuo en la vista izquierda producto de un mal de ojo que se ganó en su infancia y quien con el paso de los años tuvo una fuerte influencia ante el Virreinato de Nueva Granada, de cuyas oficinas no salía por andar buscando plata, no para su encomienda local, si no para seguir comprando a precio de huevo las tierras y las pequeñas parcelas que los mestizos habían logrado establecer en las llanuras del Combeima.
Tal como lo había visto en España, uno de sus desvelos como encomendero era publicar una gaceta, sin estar dentro de sus funciones, sin tener idea de cómo hacerlo y a sabiendas de que muy pocos en la villa sabían leer. Eso no le importaba. Lo que quería era que los cronistas registraran hasta los más mínimos detalles de lo que su pequeña mente maquinaba: sus paseos al campo, sus baños medicinales con las doncellas a orillas del río Chipalo acompañado de sus amigos de infancia, sus viajes a Santafé; pero también, los robos de marranos y gallinas entre los vecinos de la comarca, el ataque de celos de una de las señoras de la villa y las fiestas nocturnas que organizaba en sus haciendas para hacerle el quite a la soledad. Ninguno de los lugareños podía contradecir su encomendero corazón, porque entonces ordenaba a los cronistas difamar de su honra, inventarle todo tipo de falsedades y burlas, dibujarlo como pobretón ignorante y cerrarle las puertas en complicidad con el cura hasta el extremo de negarle una copia de su registro de nacimiento. Con este periódico reporte, mantenía controlados hasta los más mínimos movimientos de su encomienda... En eso se le fue la vida. Al final, los que lo conocieron dicen que terminó tan olvidado que ni siquiera la gaceta registró su muerte.
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