El murmurador

Hay en estas cálidas llanuras del Tolima un prototipo particular. Puede ser rechoncho y de baja estatura, muy parecido en su ignorancia y en su figura al inmortal Sancho Panza; puede ser alto como una jirafa y a quien no le cabe una hoja de contenido en su atrofiado cerebro; y puede ser en apariencia alguien común y corriente y de tan bajo perfil que pasaría desapercibido en cualquiera de las ochocientas juntas directivas que existen en Ibagué, a no ser por su reconocida capacidad y bien aguzado oído para enterarse de lo bueno, lo malo y lo feo que acontece en estas tierras desde que sale el sol hasta el ocaso.

Cuando habla por micrófono casi nadie le entiende, por esta razón, jamás será alcalde de Ibagué o Gobernador del Tolima, cargos a los que añora llegar algún día. Conversa en tono bajo y prefiere arrimársele a sus contertulios para hablarles cerca del oído, en una actitud muy personal, casi en secreto, y aunque le gusta inventar cada chisme, que generalmente es una historia o un problema de la vida cotidiana de las personas con las que comparte socialmente, lo distorsiona a su particular manera, y siempre cambia la versión según el interlocutor. Cuando regresa a su casa, en el silencio de su habitación, él mismo se ríe de los murmullos que inventa; lo que más lo sorprende es la ingenuidad de la gente que le cree, claro, tiene de por medio, el cargo para el que lo nombró indefinidamente la junta directiva.

Como en el arte de hablar en voz baja es un experto maestro, una de las universidades ha pensado otorgarle el honoris causa por su contribución a la comunicación regional. En esta disciplina ha profundizado en dos temas: uno es su adelanto para murmurar sobre el árbol genealógico de los apellidos locales; sabe con exactitud de qué rama provienen los descendientes de Juan José Crisóstomo de los Santos, conocido en estas columnas como Crisos, de dónde provienen los antepasados de Baraundo de Jesús Regueros o el verdadero origen de los tatarabuelos de Gardenio Antonio Borrego; y ubica los apellidos según dos categorías: los de origen español, emparentados con las élites coloniales y poseedores de cédulas reales, los que él llama de abolengo, y donde él mismo está incluido así su apellido haya provenido de una rama desconocida. Y el otro tema, es la gran masa de los que son para él apellidos desconocidos, genealogías provenientes de diferentes regiones. Es lo que considera la montonera de los “uñiparados” que andan dispersos en los barrios populares. Como este universo es tan grande, sólo su atención ocupa las ramas, es decir, la descendencia de algunos apellidos que han logrado destacarse en los asuntos del gobierno o del sector empresarial.

De diversas formas consigue la información de estas familias, de cuándo llegaron al Tolima y cómo consiguieron la plata para generar los empleos que sus pares no pudieron, quiénes son las esposas, quiénes son los padres de éstas, qué hacen, dónde estudian sus hijos, qué deporte practican, qué clase de vehículo tienen, dónde compran la ropa, qué hacen en vacaciones, cuántas veces han salido del país, dónde hacen mercado y en qué iglesia escuchan misa.

Con este arsenal de información dispersa se la pasa hilando historias e inventando murmullos. Quienes lo conocen, dicen que es un hombre inteligente y profundo.
Ibagué, 4 de julio de 2008

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