El orgullo tolimense

Siento orgullo de haber nacido en esta tierra, allá en Santa Elena, cerca de Roncesvalles, al pie de la cúspide del páramo del río Chilí, en el occidente del Tolima, en un pueblo de quinientos habitantes, todos colonos, en medio de montañas y de bosques de pinos romerones y de robledales.

Mi padre llegó de Aguadas muy joven al cañón de Quebradagrande. Allí, a punta de hacha, con varios trabajadores, construyó una finca de 80 hectáreas. Primero con bueyes y después con mulas en las que transportaba la mercancía, abrió una tienda de abarrotes en Santa Elena. Comercializaba fríjol, arveja, papa, queso, oro y ganado. Una mañana de 1963, en medio del fragor de la violencia política entre liberales y conservadores fue asesinado junto con otros doce comerciantes. Conservo de él su reloj Ferrocarril de Antioquia, su carriel y la pesa con sus tomines y castellanos.

Muchos años después, cuando regresé de la universidad me envolvió la magia de la llanura. Con una cámara, una grabadora y una libreta de apuntes, fui durante cinco años a las fiestas del San Juan en Natagaima, al Corpus Christi del Guamo y al San Pedro en El Espinal, las más importantes de la provincia tolimense.

En este itinerario una madrugada sentí a cuatro mil novecientos metros de altura el viento frío de la montaña nevada, una tarde vibró mi corazón en las cuevas de Cunday y una noche carpé a orillas del río Magdalena. Ví las sombras de mis antecesores que subieron por su lecho virgen, y pensé que fue en el corazón de los hogares humildes donde se tejieron los mitos del Mohán y la Madre de Agua.

De tanto ir por carreteras escarpadas y caminos de herradura y trochas y senderos, de tanto sentir el murmullo y el latir profundo, terminé enamorado del Tolima. Hasta fundirme en la visión de Nicanor que dijo “¿No ves que tienes cara de barranco? Contémplate la piel, tiene el mismo color ocre de tu llanura”.

Y así llegué a Cooperamos a trabajar con Alberto Bejarano en un proyecto para construir un sistema financiero regional de modo que la plata no se fuera, como sucede hoy, a enriquecer las arcas de los bancos y las economías de Medellín, Cali y Bogotá.

Creamos una revista que circuló con cuarenta mil ejemplares en forma gratuita, incluso la enviábamos a cerca de cuatrocientos tolimenses en el exterior. Creamos un festival de teatro estudiantil, un equipo de fútbol que dirigió Jorge Luis Bernal y que hoy debería estar en el torneo profesional, una agencia de viajes, un centro de materiales de construcción y una fundación que lideró el proyecto de identidad regional.

De esta gestión me siento orgulloso, pero mezquinos intereses atajaron el paso de Cooperamos, cuya llama sigue viva y orientará a nuevas generaciones.

Creo que la necesidad de iniciar un proceso de concertación entre los actores de la región es la única senda para recorrer lo que no se ha podido recorrer, para consagrar la identidad como principio, para buscar una sintonía con el ser regional y para trabajar por una visión clara de desarrollo, pensando en los más altos intereses del Tolima.

Llegó la hora de poner en marcha estrategias para que los nuevos talentos de la región no tomen el sendero para huir de las fronteras del Tolima. Si es así, bienvenida la celebración del día del orgullo tolimense.

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