Tiempo de cometas

“Ya no hay infancia, se la pasan mirando todo el tiempo, sumidos bajo la técnica de los televisores que incitan a la violencia, invierten los valores, llenando la existencia de angustia y descontento, degradando a los hombres al nivel de las bestias. Ellos te dicen que los niños de otros tiempos ya no existen en la tierra, dejaron sus trompos, sus bolas y ruedas, y los cuentos de hadas, y cambiaron la inmensa alegría de ir a los campos a elevar sus cometas, por unos juguetes plásticos que simulan las armas que fabrican los hombres de hoy para destruirse en la guerra”.

Este texto de un poeta oriental revela una de las más graves tragedias que padecen las familias contemporáneas. El bombardeo de la televisión altera de modo implacable la mente de los niños y los empuja inconscientemente hacia una sociedad de consumo que les altera sus patrones de conducta. Niños y niñas agresivos, frustrados desde los primeros años y formados en un ambiente de permanente violencia social e intrafamiliar, da como resultado una sociedad apática a la misma violencia que ni siquiera se inmuta con las crónicas de guerra de la seguridad democrática que habla de cuerpos desmembrados esparcidos en la selva como alimento de hormigas devoradoras. En países más civilizados que el nuestro estos actos de terror serían condenados por la sociedad entera.

Por eso es plausible que haya instituciones educativas en nuestra ciudad que promuevan jornadas de integración para que los niños aprendan a elevar sus cometas. Nada es comparable a la sonrisa y a la alegría de un niño. Ante la crisis tan profunda que padecemos, ojalá fuera más frecuente el tiempo de cometas como espacios para la lúdica y el juego; para el encuentro familiar; y especialmente para el reencuentro con la naturaleza. Algo nuevo debería ocurrir en esos programas curriculares. Un proyecto si se quiere mágico podríamos construir desde las alcaldías municipales y desde nuestros barrios. Con las asociaciones de padres de familia y las iglesias, los alcaldes tendrían un excelente soporte para empezar a construir otras formas de pensar y de actuar.

Llevar los niños a caminar por los campos, se convierte en un tiempo valioso que los aleja de la alienación televisiva y los acerca a la perfección manifiesta, al equilibrio, a la armonía cósmica, a la transparencia y a la comunión con la naturaleza. ¿Quién no purifica su alma en una cascada de aguas cristalinas?
Ibagué, 14 de agosto de 2009

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